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domingo, 22 de septiembre de 2024

Entre homicidios y concepción.

 El día llovía sin parar. Era una de esas tormentas de verano. Ventosas, furiosas. Parecía caerse el cielo entre truenos y granizo.
Me acurruque en la humedad de la casa mientras divisaba a lo lejos la luz tenue de una vela, que acompañaba flotando el humo del café. Llamé y vinieron diligentes, siempre entendiendo la rapidez con que la sangre corre por mis venas. Me levanté de un sacudón, como si escuchara que me llama a lo lejos una voz amable y dulce, de esas que son infancia o hermandad. Corrí al barullo de papeles. No tuve otra opción que desquitármelo todo con ellos. Di a luz un niño muerto. Entre tijeras velas y cascola parí un precioso hijo de unos veintiuno por veintinueve centímetros de largo. Le dedique no menos de quinientos noventa y dos lágrimas y un amor inexplicablemente desbordante para olvidarlo noventa y cuatro minutos mas tarde.

Respiré con los pies descalzos la lluvia que caía sobre mi cara, el velorio mas hermoso que jamás existirá se hizo realidad en la vereda de mi casa. Mientras los vecinos veían a una loca desvariar de brazos abiertos a la tormenta, le dedique unas palabras a mi hijo muerto, ese hijo al que yo misma había asesinado.
 
Sonreímos juntos,
no lo vi,
pero lo sé.

Gire una y otra vez sobre mi misma extendiendo los brazos, con la cabeza mirando el cielo. Frené de golpe cuando pise un charco. Me reí a carcajadas mientras me despedía.

Esa noche, mientras me bañaba y se llenaba de sangre la ducha, le dije adiós al mundo y me parí nueva, me parí a mi misma, sin terrores y desganos, me parí de nuevo para enamorarme, una vez mas, de la luz que emanan mis ojos cuando en el alma hay mucha obscuridad.

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 Contigo todo es  era una fiesta.