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domingo, 3 de noviembre de 2024

Epifanía de la locura.

 Reconocerme en el espejo roto. 


Quizás hay algo de mi alma que sabe a lluvia, a día gris.
Entre las cienes llevo telarañas.
En otra vida, quizás, despedí demasiada gente amada, quizás llore incontables muertes tempranas. Alguna razón ha de haber para este embrollo de nostalgia que me abruma trece días cada noviembre. Dejándome, los otros diecisiete, exhaustamente devastada. 
Quisiera reírme como a mis once años. Con ingenua liviandad y ternura. Se me llenaron los huesos de pasado y miseria, y presente y regocijo. 

Me desvanezco tirada en la cama. Me absorbe el aire entera, soy un simple rocío que flota en el cuarto.  No me han visto desaparecer, mas han sentido mi llamado en sus orejas. Como un susurro suabe que en secreto dice lo que el corazón calla cuando el cerebro es mucho texto. No me han visto desaparecer, mas entre sus huesos como un escalofrío entra la certeza que al prender las velas de mi casa un algo mas sin figura ni rostro ni alma baja hasta mi cuarto a saludarme, y me acaricia la mejilla. y no entiende de personas, mas entiende de cariños y ternuras. Desde el cielo baja un hilo hasta el medio de mis cejas. Contándome cosas, llamándome por mis nombres, todos los que fui, todos los que alguna vez cargo mi alma.
Me vibra en el medio del corazón un sentimiento inexplicable de cueva segura y de tesoros, que mas que cueva es pasaje, y cada vez que la recorro las entidades de las artes me responden y me besan los labios húmedos. 

No puedo ignorar mi maldición, por andar hurgando donde no me llaman, se me pegaron infernales parásitos en el alma.
Baños de mar a la luz de la luna y arándanos congelados para curar el ojeo. 

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