Ir al este a vacacionar, recibir a las amigas, despedir amores, ablandar frustraciones. Disfrutar del cuerpo sano, enojarme con el destino y perdonarlo con un mate tranquilo en la tarde.
Perdonar la propia vida. La lejanía de los sueños rotos. Recomponerme el corazón cada cuadra hacia la playa, para tener algo que entregar al meterme al agua. Algo mas que congoja. Y ofrecerle así, mi espíritu que aún nada conoce:
como si vivir se tratara de morir a cada instante. Y convidar las migajas de nosotros que se esparcen por ahí cuando el corazón se detiene.
Te dije que te amaba después de invitarte a dar un paseo por Francia. Me dijiste que vendrías, que si tendría un hijo tuyo, y mío. Que si lo llevaría al colegio luego de hacerte el amor. Que si te diría te amo siempre al terminar.
Me limpié al llegar de la playa. Tumbada sobre una cama llore en silencio, sola y muda. Critiqué en mi mente el abrazo frío que nunca me diste cuando lloraba por el mundo sobre tus sabanas. Me lavé los dientes y escupí tu saliva que aún rondaba por mi boca. Me incorporé y cerré todas las cortinas. Para que los pocos vecinos de la cuadra no me vieran sacando mis alas de murcielaga por la noche, escapando mas allá de las estrellas, donde deje de ver tu risa de idiota por todos lados.
Me mudé una semana al otro lado de la vida, cuando regrese, si es que lo hago, no recordaré haber besado tus labios.
ke
martes, 18 de febrero de 2025
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