Desde mi ventana se ven sobrevolar los murciélagos que viven en mi casa. Ni bien baja el sol salen de la cueva que armaron entre el techo de chapa el aislante y la madera. Me están carcomiendo la casa de a poquito, los escucho meterse cada vez mas adentro, sin dejarme dormir, con sus insufribles chillidos agudos, comunicándose entre ellos, diciéndose vaya a saber uno que.
De repente, se apaga la música que escucho. Me quedo en silencio. Yo, mi corazón, y los miles de chillidos de la familia de murciélagos.
Que lejos está la noche en que te dije te amo.
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